quinta-feira, 18 de março de 2010
E se a Internet pifar: 5 cenários apocalípticos
quarta-feira, 17 de março de 2010
Seminários de Antropologia na UnB
Seminários do DAN - 1/2010
Coordenação: Andréa de Souza Lobo & Juliana Braz Dias
Local: Sala de Reuniões do Departamento de Antropologia
Horário: 16:00 horas
Programação:
Março
24 - Gonçalo João Duro dos Santos (Department of Anthropology, London School of Economics): ‘‘Leilões de palavras' e torneios de virtude no Sul da China. Uma abordagem etnográfica ao universo da imaginação ética”.
31 - Florian Mühlfried (UNICAMP/ Max Planck Institute for Social Anthropology): “Newborn Citizens in a Post-Soviet Landscape”.
Abril
07 - José Antonio Kelly Luciani (UFSC): “Indianización del estado y anti-mestizaje indígena en Venezuela”.
28 – Henyo T. Barretto Filho (IEB):
Maio
12 - Carlos Steil (UFRGS): “Corpo, paisagem e espiritualidade. Um olhar antropológico sobre o centro ecológico Rincão Gaia - Pantano Grande, RS”.
26 - Paulo Abrantes (UnB): “A Cultura na Antropologia Biológica Contemporânea”.
Junho
9 - Annette Leibing (Universidade de Montreal): “Heterotopias - Corpo, cidadania e hipertensão numa favela carioca”.
23 - Ruben Caixeta de Queiroz (UFMG/UnB): “Redes de Grupos Locais no Norte-Amazônico: uma análise espaço-temporal do complexo Tarumã/Parukoto”.
Inscrições para Certificado: De 22 a 29/03/2009
Local: Departamento de Antropologia/UnB – ICC Centro –Sobreloja- B1-347
Observação: Os seminários são abertos ao público em geral. Para obtenção de certificado é necessário o comparecimento em seis palestras.
Velocidade de dobra é mortal para seres humanos

No espaço, há apenas dois átomos de hidrogênio por centímetro cúbico, o que não causa nenhuma ameaça para espaçonaves viajando a baixas velocidades. Mas eles se tornam verdadeiras minas para uma nave que viaja a uma velocidade próxima à da luz, de acordo com cálculos baseados na Teoria da Relatividade de Einstein.
A hipótese é que a velocidade da nave seria tão alta que os átomos de hidrogênio passariam diretamente por ela, atravessando não só a Enterprise como seus tripulantes e irradiando a todos.
Físicos mostram que uma nave viajando a 99% da velocidade da luz receberia dez vezes a dose fatal de radiação para um humano. E essa não está nem perto de ser a velocidade necessária para cruzar a Via Láctea em 10 anos.
Alguns trekkers protestam, dizendo que a Enterprise teria escudos para prevenir essa radiação, mas essa é outra história.
A conclusão dos pesquisadores foi que a radiação pode ser a causa da Terra ainda não ter sido visitada por nenhuma raça de alienígenas.
Fonte: Hyperscience direto da [MSNBC]
terça-feira, 12 de janeiro de 2010
Conto de Natal (5): El Laucha por Paula Alajarin
Parece que el parto fue bravo. Mientras su mamá, que era casi una niña, peleaba por pujar, la abuela prometió que si el chiquito salía bien se iba a llamar Jesús. Fue larga esa Nochebuena en los pasillos del hospital, movidita, como siempre en las Fiestas. Y ahí estaban, su abuela, pidiendo a la Virgencita, su mamita, haciendo fuerza y Dieguito, queriendo nacer. Y salió nomás, flaquito y largo, y eso le queda hasta hoy, por eso es el Laucha.
La mamita dijo es Dieguito, como su amor, y la abuela dijo, no, es Jesús, porque se lo prometí a la Virgencita. Fue la única vez que la abuela tuvo que ceder, porque la mamita defendió el nombre de su amor con la fuerza que todavía le venía del pujo, así que Jesús quedó de segundo nombre. Igual, casi, casi no importa, porque él, es el Laucha.
Tiene 19 ahora, pero parece más, lo cual le viene bárbaro según él por una razón fundamental: las minas grandes le dan bola.
Es duro, en serio. Te lo dice la forma de andar, la manera de mirar, pero sobre todo te lo dice el resto. Porque tiene una forma de ser duro muy particular, tiene un carisma innato. Porque el Laucha es así, él entra y lo que sea que esté sucediendo, empieza a suceder alrededor suyo, aunque no haya abierto la boca, aunque no sea su estilo pavonearse.
Tiene unos ojos negros profundos en donde se cuelan 10 matices diferentes de mirar.
El Laucha es secote, salvo cuando juega a la pelota. La alegría se le apodera del cuerpo y parece otro pibe.
Es duro, en serio. Después de él vinieron las tres hermanas, con la pareja nueva de su mamá, un santiagueño buenazo, laburante, que lo quiere al Laucha como suyo y así lo crió, aunque no fue fácil. Muchos chicos, poca plata. Hace seis años, cuando nació la más chiquita, el parto se complicó otra vez y la mamá falleció a los pocos días de parir, con una infección mal atendida o agarrada tarde. La abuela no pudo superarlo y perdió la energía de trueno que siempre tuvo. Se ocupa de las cosas de la casa y de las nenas, cuando no se extravía en el sopor.
Ahí el Laucha se les escurrió, y se endureció. Se le turbó la mirada para siempre, la sonrisa despreocupada y fresca quedó para los goles y empezó a andar a las patadas con el mundo. A la escuela empezó a correrle el cuerpo y cuando iba estaba intratable. Así anduvo, haciendo doble cada año por las faltas, porque no estudiaba, porque se mandaba unas trastadas importantes.
Así anduvo hasta que no anduvo más y colgó el guardapolvo (o vaya uno a saber donde lo puso). La abuela y el padre no supieron más qué hacer o no pudieron. Quedaron la calle, los rebusques para sus gastos, los bailes y los pibes. A la escuela seguía yendo todos los días a buscar a las hermanas, las dejaba en su casa (para que ningún gil se zarpe, dice, y la verdad es que con él de chaperón, eso no va a suceder) y después volvía a pararse en la esquina, en el kiosco, a tomar cerveza y ver pasar chicas.
De paso también cuidaba la relación de los pibes con la escuela, ahora que él no estaba adentro saludaba por el nombre a cada docente, y ubicaba al que se pasara de la raya un poco. Cada tanto entraba algún profe al colegio y comentaba que estaba Diego afuera en la esquina, una lástima este pibe, es inteligente y no es malo, y ahora se la pasa sin hacer nada...
Marzo. Con el calor el barrio vive en la calle. Los pibes más. Pero este marzo, el Laucha dejó la esquina, al menos por un rato. Se apareció el primer día de clase y dijo que quería venir a la noche a terminar el secundario. No dijo más y arrancó. Después, más en confianza, como en mayo, contó. Tiene una novia dos años más grande que lo marca de cerca, y está embarazada. Necesita laburar en serio porque lo de su padre no alcanza para tantas bocas y a ella su familia no le habla desde que se enteraron del bebé. Está preocupado porque las hermanas tienen que volver solas a la casa, pero anda un poco mejor con su viejo.
Se queja en broma del carácter de su novia, pero volvió a la escuela. Le va muy bien, es un lúcido. Terminó de leer su primer libro este año, Operación Masacre, de Walsh, que le recomendó un profe y fue a buscar medio de incógnito a la biblioteca de la escuela. Sí, está bueno, concedió.
Sigue secote, aunque cuando habla de su futuro hijo se le cuela un brillo especial en la mirada, y algo se le transforma en la sonrisa.
Se llama Diego Jesús, le dicen el Laucha. Tiene un carisma innato. Nació la madrugada de un 25 de diciembre, en un hospital del conurbano.+ (PE)
Fonte:
PreNot 8646 de 28/12/2009
Conto de Natal (4): Buenas Noches, Soy Jesús de Juan Carlos Dido
Una túnica clara, sandalias y una vincha que sujetaba la larga cabellera constituían toda la vestidura del personaje que se presentó imprevistamente y suspendió en un cortante silencio y una férrea inmovilidad a todos los que participaban del festejo.
La parálisis duró pocos segundos, hasta que uno se atrevió a intervenir. -Ché, este debe ser el mismo que el año pasado se disfrazó de Papá Noel. ¿Se acuerdan? Fue muy gracioso.
-Claro, seguro, tiene que ser el mismo –gritaron todos a coro, sacudiéndose la sorpresa inicial.
-Yo no me disfrazo –aclaró el visitante sin irritarse. –Soy el mismo de siempre.
-¡Qué grande flaco! Este no solo se disfrazó de Cristo, también tiene respuestas para identificarse con el personaje.
-Es maravilloso. Así que sos Jesús, o Cristo, o Jesucristo, el Señor y Salvador, bah...
-Ustedes lo han dicho.
-Y claro que lo decimos nosotros.
-Te confesamos que el efecto de tu estratagema es extraordinario. Sos idéntico a los dibujos de las estampitas y las figuras de muchos cuadros famosos.
-¡Qué gracioso! ¡Quién hubiera dicho, Jesús viejo y peludo!
-¿Y qué andás haciendo por aqui?
-Decidí presentarme en mi fiesta. ¿Acaso no están celebrando mi venida? -Claro, flaco, tenés razón. Aquí está el árbol adornado y abunda la bebida y la comida.
-Yo soy el pan de vida y el agua viva. El que come y bebe esto no tendrá hambre ni sed jamás.
-¿Oyeron, oyeron? Ni hambre ni sed. Está totalmente chapita. ¡Viva la Navidad, viva la alegría! Traigan más sidra, champán y pan dulce. -Vení, mirá, Jesús, este árbol es verdadero. No quisimos colocar uno de plástico importado. Este es un tronco de pino natural, es un árbol de Navidad ecológico, nada de imitaciones.
-Bueno, ¿a qué viniste? No vas a decir que nos aplicarás el castigo eterno (carcajadas, gritos, burlas).
-Vine a cumplir.
-Vino a cumplir. ¿Escucharon? A cumplir. Me parece que vos traés una curda de novela.
-Tomá, tomá otra copa y comé un cacho de pan dulce; dale, divertite con nosotros.
Gritá, gritá: ¡viva la Navidad, viva Jesús!
-Bienaventurados los que lloran.
-Pero qué estás diciendo, flaco. Aquí nadie llora. ¿No ves que estamos todos muertos de risa y de placer? ¿Por qué o por quién vamos a llorar?
-Bienaventurados los pobres.
-¿De qué pobres estás hablando, loco? Dejá a los pobres en las villas miseria o en los asilos. Aquí todos tenemos cierto nivel. Dejate de tirar pálidas y divertite. La navidad es para divertirse.
-Bienaventurados los de limpio corazón.
-Huyyy...los de limpio corazón. Esta es la época de los trasplantes y vos venís a hablar de limpio corazón. Tenemos que reconocer que te aprendiste bien el papel.
-Creen en Dios, crean también en mí.
-Esa sí es una frase bárbara. Sí, sí, todos los que estamos acá creemos en vos, creemos que sos un tipo que no se encuentra en sus cabales, que quiso hacer una broma, que se disfrazó de Jesús, quiso ser original, realizar una actuación... cómo se llama... la psicología tiene un nombre para este juego...
-¿Hay aquí algún samaritano?
-¿Pero qué tontería es esa, flaco? ¿No te parece que te estás pasando? A ver, sí, mirá, aquí hay uno; ché Raúl, te llama el flaco. Raúl es Samaritano... de apellido.
-¿Hay aquí algún hijo pródigo?
-Pero viejo, esa clase de hijo no existe aquí ni en ningún lado. Se ve que vos no sos de este mundo.
-¿Quiénes trabajan en la viña?
-Por Dios, este sí que está loco de remate. ¿Pero no sabés los problemas que hay con la desocupación? Mirá, muchos de los que están acá son patrones que hacen trabajar a otros; algunos viven de renta, que es casi lo mismo; unos cuantos son ñoquis y el resto tiene una profesión o un oficio y nada más. Trabajar en la viña ¿a quién se le ocurre?
-Arrepiéntanse, cambien de actitud.
-Arrepentirnos de qué. Cambiar de actitud ahora que estamos en plena celebración de la navidad, que nos podemos olvidar de los problemas; por favor, flaco... y preparate que dentro de un rato vienen los cohetes. No te imaginás los petardos y rompeportones que trajimos. ¡Viva la navidad, viva la alegría! Esta es la pura verdad, loco.
-Yo soy el camino, la verdad y la vida.
-¿Oyeron, oyeron? Está rayado del todo.
-¿Sabés lo que vamos a hacer con vos, flaco? Ya que sos Jesús, te vamos a poner en el árbol de Navidad, como un adorno viviente.
-¡Sí, sí, en el árbol, en el árbol!
Entre gritos, burlas, golpes y apretujones lo arrastraron hasta el árbol y lo alzaron a la parte más alta, sujetándolo con los cables de las luces multicolores.
-¡Viva la navidad, viva el Salvador!
Quedó con los brazos en cruz y la mirada hacia el cielo. Aunque las dijo en un susurro, todos entendieron sus últimas palabras: -Padre, de nuevo te encomiendo mi espíritu; pero esta vez no los perdones, porque ahora sí saben lo que hacen.
Entonces comenzaron las explosiones. Primero fueron los cohetes y los petardos y las bengalas. Después los rayos, los truenos, los relámpagos, los fuegos, los terremotos, los volcanes, los tornados, los maremotos, los huracanes...
Muchos clamaban perdón y misericordia, pero Jesús, crucificado en el árbol de Navidad, ya no podía escucharlos.+ (PE)
(*) Juan Carlos Dido, comunicador, es miembro de la Iglesia Metodista de Flores, Buenos Aires. Escritor, publicó numerosos artículos y libros. Entre estos Identikit de los argentinos; Fábula en la literatura argentina; Como hablar bien en público; Fabulas urbanas.
Fonte:
PreNot 8640 de 23/12/2009
segunda-feira, 11 de janeiro de 2010
Conto de Natal (3): Cuando la Navidad detuvo la guerra.
En Ypres, la Noche de Navidad, hubo luna llena. La tierra helada refulgía con blancuzco resplandor. Normalmente aquella hora, en aquel sector importante del frente, la Tierra de Nadie se llenaba de figuras sombrías que corrían, unos en labor de reconocimiento, otros tratando de recuperar a sus heridos y a sus muertos.
Esporádicamente, los llanos y feos sembradíos de nabos de Flandes eran iluminados por luces de Bengala. Aquella noche, en cambio, una calma parecía flotar en el aire diáfano. Se advirtió una luz en el este, encima de las trincheras alemanas, demasiado baja para ser una estrella. Para la sorpresa de los ingleses nadie disparara contra ella.
Apareció entonces otra luz. Y luego otra. De pronto hubo luces a lo largo de las trincheras enemigas, hasta donde se alcanzaba ver. “¡Dios mío! ¡Los alemanes tienen árboles de Navidad!”, gritaron los británicos. Entonces, de una trinchera alemana a no más de 50 metros, el coro de voces de barítono jamás oído, empezó a entonar “Noche de Paz, Noche de Amor”.
Al terminar el villancico, todo el regimiento vitoreó a los alemanes y cantó a coro “La Primera Navidad”. Aquella mutua serenata duró una hora, interrumpida por gritos de “¡Vengan a vernos!” y “¡No, tú ven aquí!”. Pero ningún bando se movió.
En el sector del frente, luego de la serenata un alemán empezó a avanzar hacia las trincheras británicas, seguido por media docena de otros alemanes, todos desarmados con las manos en los bolsillos. Por un momento pareció que iban a rendirse pero los ingleses también empezaron a salir de sus trincheras.
Amaneció el día de Navidad frío, claro, refrescante… y pacífico. La tierra de nadie pronto se llenó con miles de soldados de ambos bandos, que caminaban unos junto a otros y se tomaban fotografías. Se improvisaron partidos de fútbol y se entabló un encuentro en toda forma, que los sajones ganaron por tres a dos.
Algunos se arrancaron botones del uniforme, para ofrecerlos como presentes de Navidad. Los soldados que tenían habilidades especiales hicieron lo que pudieron. Un barbero inglés cortó el pelo a dóciles alemanes que se hincaban en tierra. También lo fue la oportunidad de celebrar una solemne ceremonia en la Tierra de Nadie. Soldados de los dos ejércitos cavaron tumbas, unas al lado de otras, luego el capellán, con la ayuda de un estudiante de teología, alemán, ofreció un servicio fúnebre conjunto.
Al no haber disparo, un joven inglés despertó más tarde de lo habitual la mañana de Navidad. Cuando por fin se unió a los demás, se encontró con un estudiante de Leipzig, de su misma edad. El alemán había recibido un paquete de Navidad, que ambos abrieron y compartieron: dulces, un pastel y un paquete de puros.
Ambos bandos comprendían, por supuesto, que la tregua no sería bien recibida entre sus respectivos oficiales. Hubo un acuerdo tácito de guardar el secreto.
Cuando, por la tarde, se supo que un brigadier británico estaba en camino para inspeccionar el batallón, alemanes e ingleses corrieron de regreso a sus trincheras, como niños traviesos. A la hora que llegó el brigadier, los ingleses pudieron presentar un cuadro convincente de un ejército en guerra. Los centinelas miraban por las troneras y había soldados tras las ametralladoras.
Después de una breve inspección, el brigadier estaba a punto de partir cuando notó que la cabeza y los hombros de un alemán asomaban por encima del parapeto. Al exigir que se le dispare al enemigo, los soldados obedecieron pero nunca apuntando al blanco. El tercer disparo pasó silbando a pocos centímetros del enemigo, quien captó el mensaje y desapareció levantando los brazos. El brigadier pareció satisfecho con esta “victima”, y se fue. Los hombres no tardaron en volver a salir de sus trincheras.
Al ponerse el sol, casi no se habían oído disparos en todo el frente durante 24 horas. Cuando el alto mando se enteró por fin de lo ocurrido, montó en cólera. Los oficiales se alarmaron por el total desquiciamiento de la disciplina militar. También les preocupó que sus hombres descubrieran que sus enemigos no eran aquellos monstruos que, según la propaganda, había matado con bayoneta a niños y mujeres, sino gente sencilla, común como ellos mismos.
La tregua navideña de 1914 continuó en algunos sectores del frente hasta el Año Nuevo, y aún después. “tuvimos que dejar que durara todo ese tiempo”, explicó un alemán, en una carta enviada a su casa. “Queríamos ver cómo salían las fotos que ellos nos tomaron”.
Acordaron que, cuando un bando tuviese que romper la tregua, dispararían una salva al aire para dar tiempo al enemigo de volver a sus trincheras. La salva sonó el 29 de diciembre, y los hombres retornaron a toda carrera a sus trincheras.
Minutos después se reanudó el fuego, en serio. Las unidades de uno y otro bando menos dispuestas a proseguir la lucha fueron desmembradas y distribuidas en otros sectores. Un número indeterminado de soldados franceses fue pasado por las armas como escarmiento. Los alemanes poco combativos serían enviados al frente oriental.
Las cartas en las que los soldados relataban a sus familias los pormenores de esa insólita celebración navideña fueron censuradas. + (PE)
Fonte: PreNot 8637 de 23/12/2009
Conto de Natal (2): Cuento de Navidad por Ray Bradbury
Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas.
Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre--. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco --dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero... -empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas. (PE)
Fonte: EcuPress - PreNot 8634 de 22/12/2009